by Amy Auzenne, Oficina de Evangelización y Catecismo
Español no es mi primer idioma. Para aquellos que son parlantes nativos de español, esto se hará muy evidente al leer este artículo. Estudié muchos años en escuela y colegio, y uso español mucho en mi trabajo en la Arquidiócesis, pero es muy difícil para mí. Cuando doy charlas, siempre empiezo con “Gracias por su paciencia con mi español”. La gente tiene mucha paciencia conmigo. Entienden lo difícil que es hablar un idioma que no aprendiste de niña.
Un gran problema para mí son los verbos. No puedo conjugarlos en el pasado, ni en el futuro, ni nada de los 16 tiempos verbales que existen en el español gramático. Cuando hablo en español, solo puedo usar el tiempo presente.
Por esta razón, mi vida se siente mucho más pequeña en español. En inglés, digo “I have lived in Houston all of my life.” Pero en español, “Soy de Houston”. En inglés, “I met my husband when I was nine years old. We have been married 26 years.” En español, “Estoy casada”.
Mis limitaciones gramaticales hacen que esté mucho más “presente” en español. Tengo que escuchar con atención. Tengo que pensar profundamente antes de responder. Tengo que usar mis palabras con cuidado. Mis pensamientos son igual de rápidos, pero mis palabras son más lentas.
Esta experiencia de sentir mi vida a la vez más pequeña y, sin embargo, más presente en español, me hace pensar en el coraje que veo en mis hermanos y hermanas migrantes durante este tiempo de incertidumbre. Ciertos elementos de nuestro gobierno quieren reducir su existencia en nuestras comunidades, incluso la de los beneficiarios de DACA que no han conocido otro hogar más que los Estados Unidos. Quieren hacernos creer que estos jóvenes adultos —muchos de los cuales trabajan en nuestras parroquias y en nuestras oficinas de la cancillería— no tienen futuro en nuestro país.
Animo a todos los católicos y personas de buena voluntad a informarse más sobre el caso de la Corte de Apelaciones del Quinto Circuito de los EE.UU. en Texas v. United States y los esfuerzos de nuestro gobierno estatal para revocar el estatus laboral de casi 90,000 beneficiarios de DACA en Texas. Como señalaron nuestros obispos en su declaración del 5 de noviembre de 2025, tal acción obligaría a los beneficiarios de DACA (incluyendo a aquellos que trabajan en nuestras parroquias y ministerios) a abandonar sus hogares, su sustento y las comunidades donde han vivido la mayor parte de sus vidas.
Los obispos concluyen su declaración con un llamado claro a acompañar a quienes se ven afectados por esta injusticia: “Queremos decir inequívocamente a todos nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, y de manera particular a aquellos que llegaron como niños: Hemos escuchado sus gritos. Estamos con ustedes en estos días difíciles”.
Que el Señor nos conceda esa clase de valentía que abre corazones y mentes, que se mantiene firme junto a nuestros obispos mientras hablan con la verdad al poder, y que construye puentes en lugar de muros.
María de la Inmaculada Concepción, ruega por nosotros. Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
Gracias a mi colega Adrian Herrera por su ayuda con este artículo.
Amy Auzenne es directora de la Oficina de Evangelización y Catecismo.