
(Pascal Deloche / Godong)
Durante la Pascua, celebramos la resurrección de Jesús y la victoria sobre la muerte. Al hacerlo, abrimos nuestro corazón para renovar nuestras promesas bautismales, recordando nuestra muerte al pecado y nuestra vida resucitada en Cristo. La Pascua es el tiempo más importante de nuestra fe, ya que celebramos el cumplimiento de la promesa de Dios de nuestra salvación hecha a través del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús.
Cumplida, a pesar de nuestras faltas, para que podamos unirnos de nuevo a Dios, recibimos el don inmerecido del amor de Dios que llamamos gracia, puesto a disposición a través de Jesús, para que también nosotros experimentemos el gozo de nuestra propia vida resucitada.
Celebrando la alegría de la resurrección, en la Pascua, nosotros también podemos reflexionar sobre nuestros propios momentos personales de resurrección, momentos en los que nos encontramos con Cristo y, por la gracia de Dios, reorientamos nuestras vidas. Ya sea a través de un familiar, amigo, vecino o incluso un extraño, momentos en los que alguien le dio un rostro a Jesús y ejemplificó la gracia de Dios, alejándonos de una vida de pecado. Momentos por los que damos gracias pero también buscamos imitar como discípulos de Cristo, buscando ser el rostro de Jesús, el rostro de la gracia, también para aquellos que encontramos.
Como ministro pastoral de Special Youth Services, un ministerio de la Arquidiócesis y financiado por el Fondo de Servicios Diocesanos (DSF, por sus siglas en inglés), servimos a jóvenes de 10 a 17 años en centros de detención juvenil en cinco condados.
Estos son jóvenes que se enfrentan a sus propios desafíos del caos dentro de su hogar, la pobreza o los traumas, solo por nombrar algunos, que viven no solo con el peso de sus propios pecados, sino también con el peso del juicio que la sociedad les impone. Juzgados por personas como ustedes y yo que pueden pasar por alto su propia pecaminosidad, pero pueden condenarlos rápidamente como “chicos malos”.
Sin embargo, como muchos de nosotros, estos jóvenes, en su momento de desesperación, recurren a la oración por la esperanza de una nueva vida. Una vida fuera de los muros de los centros de detención juvenil y dentro de un entorno donde puedan tener éxito a pesar de su vida pasada. Una vida de gracia que se encuentra sólo en Cristo.
Special Youth Services, a través de sus mentores y estudios bíblicos, sirve como un ministerio de encuentros. A lo largo de cinco condados dentro de la Arquidiócesis de Galveston-Houston, incluido el condado de Harris, nuestros voluntarios dan un rostro a Jesús, un rostro de gracia.
Ver las sonrisas de los jóvenes cuando llegan los voluntarios o caminar emocionados para pedir oración, es la experiencia de que se levanta el peso de sus pecados y del juicio, aunque sea por un momento, mientras experimentan el amor inmerecido e incondicional de Dios de parte de los voluntarios llamados a este ministerio. Es su momento de resurrección.
Que en esta Pascua miremos con mucha fe a Dios y al poder de la resurrección de Jesús para que nos anime a valorar cada encuentro con estos jóvenes, o con cualquier otro hermano o hermana necesitado, como la oportunidad de ser el rostro de la gracia y crear más momentos de resurrección.
Diácono Fernando Garcia ministro pastoral em la oficina de Special Youth Services.