by Archbishop Joe S. Vásquez, Archbishop of Galveston-Houston
The holy season of Lent prepares our hearts and minds to celebrate Easter. This season of grace provides us with an opportunity to invite the Lord into our weakness and vulnerability. We allow Jesus to heal and strengthen the areas of life that are in need of His mercy and compassion.
The Church gives us the pillars of prayer, fasting and almsgiving to guide us on our journey. Prayer places God at the center. Fasting reminds us that our appetites do not rule us. Almsgiving shifts our attention to our brothers and sisters in need. These practices create space for the Lord to work within our hearts.
On Sunday, March 15, the Church celebrates “Rejoice Sunday,” which marks the halfway point of Lent and encourages us to persevere. At this point, some of us may need to begin again, and there is no shame in this because we serve a God who readily forgives. For the remainder of this season, I encourage you to take on one or two practices that foster communion rather than isolation.
For prayer, choose a daily moment of silence to listen to the Word of God. Read the Gospel of the day and ask the Lord for one concrete step to take. Pray by name for a person who has been difficult to love. Pray for the Catechumens and Candidates who will come into full communion with the Church at Easter. Replace one online scroll with 10 minutes of intercession.
For fasting, our Holy Father, Pope Leo XIV, in his Lenten message, invited us to refrain from words that of-fend and hurt others and choose speech that honors the dignity of every person. In place of harsh words, we can cultivate kindness and respect. If we do this, “words of hatred will give way to words of hope and peace,” said Pope Leo.
For almsgiving, choose a work of mercy. Volunteer with a parish ministry. Visit a neighbor who is home-bound. Write a note to someone who is grieving. When we serve the poor, we meet Christ. Our almsgiving should lead us to encounter the face of Christ.
Our Holy Father reminds us that Lent is a “shared journey.” Together, in our parishes, families and communities, we more intentionally pray, fast and give alms to become more united as a Church and more con-formed to our Lord, Jesus Christ. Holiness is not an isolated and private endeavor; rather, it takes place within our community of faith.
Pope Leo reminds us, “conversion refers not only to one’s conscience, but also to the quality of our relation-ships and dialogue. It means allowing ourselves to be challenged by reality and recognizing what truly guides our desires — both within our ecclesial communities and as regards humanity’s thirst for justice and recon-ciliation.” In this holy season, we grow together as the body of Christ so that the world can experience His tender love and compassion.
Finally, remember that Christ walks with us. If we keep our eyes on Him, this season will not be one more burden, but it will be a path of renewal that prepares us to enter the Paschal Mystery with hearts made new.
En enero del año pasado, recibí una llamada del Nuncio Apostólico informándome que el Papa Francisco me había nombrado Arzobispo de Galveston-Houston. En ese momento, había estado sirviendo durante 15 años en la Diócesis de Austin. Pensaba que eventualmente me retiraría en Austin e incluso ya había comenzado a prepararme para mi funeral. Entonces llamó el Nuncio. Fue una sorpresa total. Dios nunca deja de sorprendernos. Él nunca es aburrido; la complacencia nunca es el camino de Dios. Realmente es un Dios de sorpresas.
Regresar a esta Arquidiócesis, donde anteriormente serví como obispo auxiliar, ha sido una gracia profunda. Estoy agradecido por la cálida bienvenida, las oraciones y el apoyo que he recibido. He apreciado ver muchos rostros familiares y conocer otros nuevos. He sido testigo de cuánto ha crecido y cambiado esta Iglesia local. Dios continúa bendiciendo a la Arquidiócesis de Galveston-Houston.
Estoy agradecido por el liderazgo pastoral del Arzobispo Joseph A. Fiorenza y del Cardenal Daniel DiNardo, cuyo servicio fiel ha sido una bendición para esta Arquidiócesis creciente y diversa. Los frutos de su cuidado son evidentes en nuestras parroquias, escuelas y ministerios. Estoy en deuda con cada uno de ellos por sus muchos años de fiel servicio.
Al reflexionar sobre este año, deseo compartir algunas de las maneras en que Dios ha bendecido a esta Iglesia local, específicamente en las áreas de la familia, la juventud y las vocaciones. Cuando visito las distintas parroquias, me alegra escuchar el llanto de los bebés durante la Misa y ver a los padres que acuden a la iglesia con sus hijos. Esto es una señal de crecimiento y de la presencia de familias. Además, el pasado otoño celebramos el 50 aniversario de matrimonio de 135 parejas y el 25 aniversario de 140 parejas. Ellos dan testimonio de la belleza del Matrimonio sacramental y de su fidelidad mutua. Tenemos nuevas familias y otras que han permanecido unidas durante muchos años.
Estos matrimonios forman buenas familias. Estas familias también forman a los jóvenes en nuestra Iglesia, manteniéndola viva. Contamos con la mayor cantidad de escuelas católicas de cualquier diócesis en Texas, y seguimos aumentando nuestra población estudiantil. En la Conferencia Arquidiocesana de Jóvenes en el verano de 2025, tuvimos más de 2,300 participantes. Tenemos más de 120 miembros en el Consejo Arquidiocesano de Jóvenes que ayudan a organizar eventos para que sus compañeros encuentren a Jesucristo. En nuestras parroquias y campus universitarios, contamos con más de 70 grupos de jóvenes adultos que se reúnen para fortalecer su fe, fomentar la unidad y convertirse en discípulos intencionales. Estos ejemplos nos recuerdan que la Iglesia sigue siendo un verdadero hogar para los jóvenes.
Finalmente, muchos de nuestros jóvenes están discerniendo vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Agradezco al Padre Richard McNeillie, director de Vocaciones, por sus incansables esfuerzos para promover las vocaciones, así como el trabajo de muchos de nuestros sacerdotes y religiosas en toda la Arquidiócesis. Tenemos más de 60 hombres estudiando para el sacerdocio y más de 30 solicitantes para el otoño de 2026. Solo en 2026, he celebrado tres Misas y bendiciones para conventos de religiosas: dos para nuevas capillas y residencias, y una para un nuevo edificio. Las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa están en aumento. Muchos jóvenes desean entregar sus vidas a Cristo y servir a su Iglesia. Los necesitamos a todos y a muchos más. Nunca debemos cansarnos de orar por las vocaciones y de promoverlas entre nuestras familias y jóvenes. Las vocaciones nacen de las familias y de los jóvenes comprometidos con su fe.
Es providencial que haya regresado a la Arquidiócesis durante el Año Jubilar de la Esperanza. Durante este último año, he sido testigo de muchos signos de esperanza en la fe, la generosidad y la devoción de nuestro pueblo. Recientemente, la Arquidiócesis celebró el Rito de Elección para casi 3,000 niños, jóvenes y adultos que se preparan para recibir los Sacramentos de Pascua y serán acogidos en plena comunión con la Iglesia. Ellos han encontrado a Jesucristo en nuestra Iglesia y desean seguirlo.
Como nos ha recordado el Papa León XIV, aunque el Jubileo haya concluido, la esperanza que nos ha dado no termina, pues seguimos siendo peregrinos de esperanza. Al acercarnos a los días sagrados de la Semana Santa, encomiendo esta Iglesia local a Nuestra Señora de Guadalupe y a la protección de San José. Les pido que continúen orando por mí, mientras juntos seguimos a Cristo, el Buen Pastor, confiando en que Aquel que ha comenzado esta buena obra en nosotros la llevará a cabo.