by Melissa Álvarez, Ministerio con Personas con Discapacidad
(Photo por Sailko, Creative Commons Attribution 3.0 Unported) Santa Margarita de Castello ha sido durante mucho tiempo honrada como modelo y patrona para las personas con discapacidad. Nació ciega, con una curvatura severa de la columna; su pierna derecha era una pulgada y media más corta que la izquierda, y su brazo izquierdo estaba deformado.
Los padres de Margarita la mantuvieron oculta en su casa en la provincia italiana de Umbría. Tenía 6 años cuando la familia viajó a un santuario en Castello, esperando un milagro. Cuando no ocurrió ningún milagro, la madre y el padre de Margarita la abandonaron. Las mujeres de Castello encontraron a la pequeña Margarita y la cuidaron hasta que pudieron organizar su adopción. Una familia invitó a Margarita a vivir con ellos; la trataban como a una hija, con amor y amabilidad.
Había un convento cerca de la casa de Margarita, y las monjas se encariñaron con ella. Cuando tenía unos 13 años, Margarita pidió ser admitida. Margarita era extremadamente devota y su celo hacía que las monjas se sintieran cohibidas y enfadadas. Como resultado, la superiora del convento pidió a Margarita que se fuera. Regresó con sus padres adoptivos y, a los 15 años, se unió a la Tercera Orden de Santo Domingo, lo que le permitió llevar el hábito y hacer los votos de monja, pero vivir en casa, donde se sentía amada y segura.
Las discapacidades de Margarita no la hicieron resentirse; más bien, se convirtió en una de las personas más compasivas de Castello. Cuidaba a los enfermos, consolaba a los desahuciados y visitaba a los prisioneros. Margarita dijo que en los sufrimientos de sus vecinos veía la imagen del Cristo sufriente. En cuanto a sus propias discapacidades, las consideraba un medio para unir su dolor con el dolor que Cristo soportó en la cruz. Su valor, su paciencia y su profunda devoción religiosa le ganaron el cariño de todos en Castello.
Margarita murió cuando tenía 33 años, pero sigue asociada con milagros de sanación. Saber que nuestro médico divino actúa a través de las personas, muchas veces que son ignoradas. Que oremos con humildad y confianza, buscando los instrumentos de Cristo para nuestra sanación, y que nos involucremos activamente en la vida sacramental de la Iglesia y nos apoyemos mutuamente.
“La preocupación de la Iglesia hacia las personas con discapacidad surge de la forma de actuar de Dios. Siguiendo el principio de la encarnación del Hijo de Dios, que se presenta en toda situación humana, la Iglesia reconoce en las personas con discapacidad el llamado a la fe y a una vida buena y llena de sentido.
“Las comunidades están llamadas no solo a cuidar de los más frágiles, sino a reconocer la presencia de Jesús, que de una manera especial se manifiesta en ellas. Esto requiere una doble atención: la conciencia de la posibilidad de educar en la fe a personas con discapacidades incluso graves o muy graves; y disposición a considerarlos como sujetos activos en la comunidad en la que viven”. (Directorio de catequesis, 269)
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Melissa Alvarez es directora asociada de la Oficina de Evangelización y Catequesis - Ministerio para Personas con Discapacidad.